
Escritura de Amistad entre Isabel, Fernando y el Arzobispo Carrillo conservada en el Archivo de Simancas
Isabel la Católica. La forja de una Reina. Parte XXI
Que grande vergüenza y mengua es de todos sus regnos y naturales que siendo él Rey y nuestro Señor, tenga las necesidades y poco poder y desautorizamiento que su merced tiene.”
Celebrado el matrimonio, los príncipes no cayeron en la cómoda conducta de disfrutar de los hechos consumados. Si bien es cierto que habían sido meses de gran tensión y de acontecimientos de suma trascendencia política que invitaban a tomarse un cierto periodo de descanso pensando en que el objetivo estaba cumplido, no es menos cierto que las inmediatas actuaciones de Isabel y Fernando nos revelan el extraordinario asesoramiento que ambos recibían.
En este sentido, se pretendían cubrir todos los posibles escenarios tras el matrimonio. En primer lugar, y esto creo que debo de resaltar, la voluntad de los príncipes fue reconocer la autoridad de Enrique IV como legítimo rey de Castilla. Isabel, no se desdecía así de lo acordado con su hermano en Guisando, pretendiendo que su nombramiento como heredera al trono de Castilla quedara intacto tras su matrimonio. Para ello, el 22 de octubre de 1469 se constituyó una embajada formada por tres emisarios encargada de comunicar al monarca castellano el matrimonio de los príncipes de Castilla y Aragón. La misiva diplomática la formaban Pedro Núñez de Vaca (representando a la Corona de Aragón) Diego de Rivera (representando a la princesa Isabel) y Luis de Atienza (actuando en nombre del arzobispo de Toledo).
La embajada, aprovechaba la inesperada enfermedad del marqués de Villena, que dejaba a Enrique sin su principal apoyo político, solo en Segovia ante los representantes de los príncipes. Pero la premura en constituir la misión diplomática no respondía nada más que al deseo de los príncipes de no enemistarse con el rey. Alfonso de Palencia nos lo relata de manera muy elocuente en su crónica….
“A esta ciudad, y por consejo del arzobispo de Toledo y del almirante D. Fadrique, enviaron sin tardanza los Principes por mensajero á Pedro Vaca, Diego de Ribera y Luis de Atienza, para que en nombre del Príncipe el primero, el segundo en el de Doña Isabel y el último en el del Arzobispo, sincerando á sus señores de toda culpa y de todo avieso propósito, por cuanto ya mucho antes, y á fin de poner término á las prolongadas discordias de los reinos con este único remedio de un enlace tan favorablemente acogido, habían tentado todos los caminos de concordia amistoso concierto, manifestasen que los prínicipes suplicaban á su Real Majestad se dignase conceder su beneplácito á cosa que tanto lo merecía y admitir á su gracia á los sumisos cónyuges y al Arzobispo de Toledo….”
Queda claro que la primaria intención de esa santísima trinidad política que en Castilla formaban ahora Isabel, Fernando y el Arzobispo de Toledo era a toda costa evitar un conflicto civil, y en ese afán se sustentaban la premura y el contenido de la misión diplomática enviada a Segovia.
Sin embargo, como buen ajedrecista era necesario que Isabel tuviese en cuenta otro posible movimiento de su adversario, y pensando que quizás la respuesta de Enrique no fuera condescendiente sino, muy al contratio, fuera una respuesta vehemente, escribieron al mismo tiempo a Juan II de Aragón para que estuvieran preparadas mil lanzas por si fuera necesaria una intervención militar en auxilio de los jóvenes príncipes. Esta posible reacción no era descartable y del análisis de los documentos históricos se sustenta un sensato respaldo de dicha posibilidad puesto que tenemos a nuestra disposición la carta del 10 de octubre de 1469 del Gobernador general del reino de Valencia a Juan II de Aragón en que le advierte de los preparativos del marqués de Villena para invadir el reino de Valencia si el príncipe Fernando entraba en Castilla a fin de contraer matrimonio con Isabel (aquí tenemos uno de los muchos argumentos a favor de la clandestinidad de la boda de los príncipes).
“Serenisimo Señor. Remito la carta del lugarteniente,, señor de la villa de Játiva. En el día de ayer, recibí una orden del presente mes de octubre. el cual, me ha dicho y explicado, cómo tenía aviso por personas fiables de que el marqués de Villena hacía grandes concentraciones de gente, tanto de a pie como de a caballo, en el Marquesado, y que el dicho marqués había ordenado al que debía y ha de ser capitán de dicha gente, que tan pronto como supiesen que el señor rey de Sicilia entrase en Castilla, que el dicho capitán, con dicha gente, entrase a correr este vuestro Reino de Valencia, y que me avisase para que proveyese lo que fuese necesario.
Y de inmediato yo hice reunir vuestro consejo real, que reside en esta vuestra ciudad, en el cual propuse dicho asunto, y todo el consejo fue de parecer que vuestra majestad fuese informada y avisada, y que yo y el baile general escribiésemos a los alcaides de todos los castillos de las fronteras, esto es, él a los reales y yo a los militares, que se preparasen y estuviesen listos, pues nosotros queríamos ir a visitar dichos castillos, sin notificarles otras cosas, para que los alcaides de dichos castillos estuviesen prevenidos y preparados, de modo que no fuesen hallados desprevenidos.
Y de igual manera fue deliberado que se respondiese al dicho lugarteniente de gobernador del Júcar, exhortándole y encargándole que tenga orden y manera, con las villas reales de aquella parte, de que continuamente tengan un hombre o espía en Villena y en aquella frontera y en el Marquesado, para ver qué movimientos se harán, de modo que continuamente se tenga aviso de los movimientos y novedades que se produzcan, y que de todo ello avise continuamente a mí y a vuestro dicho consejo real. Y así ha sido ejecutada dicha deliberación.
Y por ello, serenísimo señor, de todo hago humilde notificación a vuestra majestad, para que, estando avisada, provea lo que sea de su merced…”.
Con este texto creo que debe de quedar claro en orden a una justa interpretación de la historia, que el principal hecho conductor del carácter secreto de la boda entre los príncipes de Aragón y Castilla no era otro que el de evitar un seguro enfrentamiento civil entre ambos reinos, promovido por el marqués de Villena en su desesperada intención de frustrar la concertada boda.
Pero para que el lector tenga plena consciencia de la sagacidad política de Isabel y su entorno en aquellos momentos, no sólo se contemplaron los dos posibles escenarios anteriormente descritos, sino que además, se abrió una tercera vía de actuación y se intentó obtener la dispensa del matrimonio enviando a Roma al obispo de Sessa,, Angel Geraldini.
Quedaban por tanto expectantes, Isabel y Fernando en la pequeña corte de Valladolid en espera del resultado de sus dos misiones diplomáticas, puesto que el contingente militar pedido al rey de Aragón, lógicamente lo daban por cumplido y con ello asegurada su seguridad personal, que no era cuestión menor.
Se aproximaba el invierno a Valladolid, un invierno que iba a ser largo, puesto que el rey, consideraba incumplido lo acordado en Guisando y por tanto se sentía liberado de las obligaciones contraídas en aquellos acuerdos y que se sustanciaban principalmente para él en el reconocimiento de Isabel como legítima heredera al trono de Castilla. Sin embrago, la inesperada enfermedad del marqués de Villena le obligaba a ganar tiempo. En Segovia sólo tenía el consejo del arzobispo de Sevilla y la respuesta que se dio a los jóvenes príncipes fue escueta y fría y así nos lo refleja Alfonso de Palencia en su crónica……
“Por toda respuesta contestó á esto el Rey, después de la llegada del arzobispo de Sevilla, que convenía aguardar la del maestre de Santiago, y que después de consultarle, daría su probación á aquello que la mereciese. En tal sentido entregó á los embajadores cartas para los Principes, en que no les daba ningún título.”
La referencia de Palencia a la ausencia de reconocimiento de título alguno en la misiva no es baladí. El rey consideraba a Isabel una simple infanta de Castilla, o quizás ni eso, aunque esta condición fuera incuestionable. El malestar del rey con los príncipes era notorio, pero la misiva no solo pretendía reflejarlo, sino que tenía otro motivo, que era el más importante. Ganar tiempo. ¿Tiempo para qué?. ¿Para poder contar de nuevo a su diestra con el marqués de Villena?. Sin duda. Pero el tiempo lo requería el rey para mover ficha en el tablero. Y la jugada no era mala.
Liberado de los acuerdos de Guisando, el siguiente movimiento de Enrique era evidente. Restaurar la condición de Princesa heredera de Castilla a su hija Juana. Pero no bastaba con eso. Había además que sellar una alianza con un poderoso aliado que garantizase la posesión pacífica del reino a Enrique y a su hija Juana, y ello sólo era posible prometiéndola en matrimonio. La niña Juana contaba entonces con solo siete años de edad, así que si bien era compromiso a futuro no es menos cierto que pactar la boda entre familias reales con sus hijos menores era algo común en la Europa medieval, y que normalmente se solía cumplir entre las distintas coronas.
Y el aliado elegido, era poderoso, y su elección era un dardo directo al corazón del marido de la princesa y por ende a la corona de Aragón. El Duque de Guyena, ofrecido meses antes a la princesa Isabel por los embajadores de Francia, era ahora ofrecido como futuro esposo de la niña Juana. La jugada, ideada por el marqués de Villena, que, aunque enfermo, había tenido la inmensa lucidez de enviar raudos emisarios a Francia a ofrecer el matrimonio, era, simplemente magistral. La respuesta al matrimonio de los jóvenes príncipes, que unía los dos reinos más poderosos de la península, con permiso de la corona portuguesa, era aliarse con el enemigo acérrimo de la Corona de Aragón, a la que se pretendía poner en una situación de reino pinzado por la práctica totalidad de sus fronteras . Pero era una jugada arriesgada. Y lo era porque abocaba no sólo a una guerra civil en Castilla, sino a un conflicto transnacional al suponer una guerra abierta entre Aragón y Francia, que, si bien llevaban años de pequeñas escaramuzas entre ambos, nunca habían llegado al extremo de declaración formal de guerra entre ambos. Y esta promesa de matrimonio, bien podía llevar a esa situación, si Isabel no desistía en su propósito sucesoria.
No sé si la misiva que, a los pocos días de celebrar su boda, enviaron los príncipes al rey Alfonso de Portugal, pretendía ganar un aliado en previsión de los futuros movimientos de Enrique o más bien lo que pretendía era apaciguar a un más que seguro enemigo. Me decanto por esta segunda opción pues era evidente que la rehabilitación de la niña Juana como princesa de Castilla conllevaba la lógica rehabilitación de su madre. Una rehabilitación formal o moral si se quiere, pues nunca había dejado de ser reina de Castilla pese al repudio expreso que había hecho Enrique de ella al conocerse la infidelidad al rey vía embarazo de un joven castellano. Y el rey de Portugal no iba a abandonar a su propia familia por mucho que los jóvenes príncipes le adularan vía emisario. Pero la carta pretendía apaciguar los ánimos, pues en todas las misivas lo primero que se meritaba era la obediencia de Isabel y Fernando a Enrique como legítimo rey de Castilla. En todas menos en esta. En la que se alude a la buena vecindad como principal motivo de la misiva. Considero que las misiones diplomáticas que en los cuatro puntos cardinales enviaron Isabel, Fernando y el arzobispo de Toledo, tenían como principal misión el pulsar los ánimos de los distintos actores políticos que pudieran verse afectados por el enlace, transmitiendo un mensaje de serenidad y obediencia al rey. Lo primero evitar el conflicto civil en Castilla, la sucesión ya se vería al morir el rey…………….
El emisario elegido, un religioso benedictino, el Abad de San Pedro Arlanza.
“Lo que vos el venerable abad de san Pedro de Arlanza avedes de decir al muy ilustre Rey de Portugal., nuestro muy caro y muy amado primo, de parte de nos el Príncipe y Princesa de los regnos de Castilla y de León y de Aragón, Rey y Reina de Sicilia, es lo siguiente.
Que ya creemos como ha grandes dias que avrá sabido que fué hablado y tratado entre nos casamiento, el qual por permisión divina en la voluntad nuestra fué asentado asaz tiempo ha: pero por algunas legítimas causas el efecto de aquel hasta agora que nuestro soberano Dios permitió la conclusión del, no ovo efeto: y siendo yo la Princesa requerida por muchos de los Grandes y prelados Prelados destos regnos que lo quisiese hacer por evitar el peligro grande en que estos dichos regnos estaban, cuyos consejos y votos yo ove durante la contratación del dicho matrimonio; al qual le hacemos saber por vos que fué contraído el jueves que se contaron xix días deste mes de octubre en esta villa de Valladolid con aquella solemnidad que nuestra santa madre Iglesia quiere y lo qual acordamos de lo notificar, siendo ciertos avrá dello placer como nosotros avriamos de toda cosa que á él bien veniese certificándole quél terna en nosotros aquella grande parte quel deudo y buena vecindad requiere.
Por ende decirle que le rogamos y pedimos de gracia que á todas las cosas que á él sean cumplideras nos requiera con aquella fiducia que á verdaderos hermanos, y porque nuestra voluntad es de lo tener en tal amor agora y de aquí adelante según mas largamente vos hablamos.”
Queda pues claro, que pese a lo que puede pensase por algunos, la posición de Isabel y Fernando tras contraer matrimonio no fue una posición de fortaleza sobrevenida, sino más bien expectante. A la segura reacción contrariada de su hermano Enrique y su valido el marqués de Villena, se unían los cálculos de los posibles movimientos de los pretendientes descartados, el rey Alfonso de Portugal y el hermano del rey de Francia. Rechazar sendos matrimonios no fue solo una cuestión de mera elección de esposo. Elegir a Fernando suponía rechazar la alianza con dos de las más poderosas naciones de la Europa del medievo, y ello conllevaba una posición incómoda, porque como no enemistarse con quién te ha propuesto matrimonio. No era sólo la oportunidad de casarse con la princesa de Castilla lo que perdieron Portugal y Francia, era además perder la oportunidad de formar una alianza de la que hubiera surgido una potencia europea dominante durante las próximas dos o tres décadas. Y eso dolía, dolía por la oportunidad perdida y dolía porque la unión de las coronas de Aragón y Castilla suponían en primer lugar una unidad de ser de dos reinos que sería hegemónica en la península ibérica, con un primer damnificado, la corona portuguesa, y en segundo lugar, sa unión significaba para Francia tener enfrente ahora a un más que peligroso enemigo en sus disputas por los territorios limítrofes del sur de su reino.
Estos cálculos no pasaban inadvertidos ni a Isabel, ni a Fernando, pero sobre todo a Carrillo y al rey Juan II de Aragón. Por ello la ofensiva diplomática emprendida horas después de la boda pretendía, principalmente no ganarse enemigos y sobre todo tomar el pulso a los distintos actores políticos que se encontraban en el tablero.
En este sentido léase con atención la siguiente carta diplomática. De los archivos de la biblioteca de El Escorial rescatamos esta carta de los recién casados príncipes de Castilla y Aragón, dirigida a distintos nobles de la corte castellana
“Lo que vos Johan de las Casas aveis de decir de parte de nos el Príncipe y Princesa de los regnos de Castilla y de León y de Aragón, Rey y Reina de Sicilia, á los muy honrados Duques de Medinasidonia y Conde de Arcos y Conde de Cabra y don Alonso de Aguilar y don Rodrigo ... y Adelantado don Pedro Enriquez y don Pedro de Estúñiga, y á la noble doña María de Mendoza,y á los otros caballeros y personas que con vos hablamos, es lo siguiente.
Creemos que saben como ha grandes dias que entre nos ha sido hablado y tratado casamiento, el qual por la permisión divina en nuestras voluntades fué asentado y consentido, por causa de los hechos destos regnos no ovo conclusión, puesto que yo la Princesa fui mucho requerida por muchos de los Prelados y caballeros grandes y medianos destos dichos regnos sobre ello que lo quisiese hacer, y me enviaron sus votos, como algunos dellos bien saben,y conosciendo el grande peligro en que los dichos regnos estaban por no haber después de mí sucesores legítimos en estos regnos ; que este era casamiento mas conveniente á nos y á los dichos regnos por el grande acrecentamiento de la corona real dellos y por ser tan cierto en consanguinidad y deudo de una misma progenie real”.
Por las cuales razones y porque a nuestro Señor plugo así ordenar fue contraído entre nos el jueves que se contaron xix dias de octubre deste año en que estamos, con aquella autoridad que lo quiere nuestra madresanta Iglesia, y con voluntad deservir y seguir y obedecer al muy esclarecido Rey, nuestro señor hermano
que en lugar de padre tenemos y al cual enviamos nuestros embajadores con la carta y creencia cuyo traslado vos lleváis para mostrarles.
Por ende decirles que muy afectuosamente les rogamos que cada uno dellos plega del dicho casamiento, porque esperamos en Dios que los dichos regnos con él recibirán paz y sosiego, y cada uno dellos acrescentamiento de su estado,como la razón lo muestra y quiere:
Y que luego escriban al dicho Rey nuestro señor hermano que á elplega dello, pues tanto es su servicio, nos quiera tener y recebirpor verdaderos hermanos menores y obedientes hijos, en cuyo deudo y obediencia nuestra final voluntades de lo conoscer y obedescer y servir en todos los dias de su vida…….”.
La forja de una reina es el título que, tras mucho meditar, decidí poner a esta modesta serie. Y lo hice porque verdaderamente el proceso de ascenso al trono de Isabel se asemeja al de una forja. Son muchos los golpes que el herrero, bajo la inmensa presión del calor ha de dar al metal para forjar sus obras. La figura de Isabel como la reina más importante de la historia universal no se comprendería sin conocer su génesis.
En este capítulo podemos observar como Isabel y Fernando son perfectamente asesorados, pues en una posición, que podríamos calificar como de inferioridad e incertidumbre, deciden nada más casarse, revertir la misma conociendo y buscando las intenciones y apoyos de los diversos actores políticos de la época La respetuosa misiva al rey de Portugal ha de entenderse como de mera cortesía pues el desplante a su representación en Ocaña aún rechinaba en la corte lusitana. La carta a los nobles revela la gran astucia política de Isabel y Fernando pues, tras legitimar su matrimonio aduciendo a la voluntad de la mayoría de los nobles y eclesiásticos de Castilla y su derecho consanguíneo (en clara deslegitimación de Juana, la supuesta hija del rey), piden que los nobles interpelen al rey por ellos, prometiendo lealtad como a un padre al rey de Castilla. Era claro que no se deseaba un conflicto civil, principalmente porque el principal ejército de Castilla lo tenía el marqués de Villena y la ayuda del vecino y ofendido rey de Portugal podía darse por segura una vez readmitida su hermana Juana en la Corte de Segovia como consorte de Enrique.
Había, pues, que moverse con extrema cautela. Eso lo sabían Isabel, Fernando y Carrillo y lo sabía también el padre de Fernando, Juan II, que esperaba el movimiento de aproximación al rey francés, como así había de producirse. Fernando y su padre estaban preocupados pues la amenaza francesa sobre los territorios del Rosellón era continua y una boda no consentida por el rey de Castilla era la ocasión ideal. Sin embargo, lo primero era Castilla, y eso lo tenían claro Isabel y Carrillo.
Isabel en aquel otoño de 1469, que ya moría, era una mujer decidida y lo era por pura convicción moral. La muerte de su hermano Alfonso, prematura e inesperada, le había abierto el camino al trono, pero aquel camino Isabel estaba convencida que era un camino abierto por la Providencia. Era deseo de Dios, que fuera reina de Castilla, y esa era su afán, pero sería princesa antes que reina, pues esa misma providencia que la guiaba al trono no quería que ese camino se manchara de sangre. A su lado, su fiel Gonzalo, Chacón, su menos fiel Gutierre de Cárdenas y el siempre hábil Arzobispo de Toledo, Alfonso Carrillo eran conscientes de la decidida intención de la princesa de ser reina de Castilla a la muerte de su hermano, y por tanto, lo primero era apaciguar un reino que se desangraba tras varios años de interminables disputas.
Pero el silencio en la corte de Segovia, era atronador, y eso tenía un claro significado. Enrique junto al Arzobispo de Sevilla, y el Marqués de Villena recuperado ya de sus fiebres movían ficha………y lo hacían con tino.
Acudimos ahora a la crónica de Diego Enríquez, quien de manera sucinta y directa nos cuenta lo siguiente…….
“Pasados algunos días que el Rey estuvo en Segovia, mas á su grado que á provecho del reyno , supo como venia la embajada de Francia: é fue acordado que él fuese á Medina del Campo á recebilla; porque traya la conclusión del casamiento del Duque de Guiana para su hija. E asi acordado mandó, que toda la gente de la Corte se fuesen derechamente á aposentar en Medina del Campo, y el Rey con el Maestre de Santiago, y el Obispo de Siguenza se fueron á la villa de Coca á holgar con el Arzobispo de Sevilla : donde estuvieron seis dias rescibiendo fiestas: é dende allí se fueron á Medina , é con ellos el Arzobispo de Sevilla. Donde llegados, vinieron muchos de los Grandes del reyno. Verdad es, que todos ellos estaban ganosos de paz é sosiego, aunque descontentos del Maestre de Santiago; porque veian quan sojuzgado tenia al Rey con poca honra; pero los mas de ellos estaban aficionados á la Princesa Doña Isabel, y no sin causa; a bien sabian el deshonesto vivir de la Reyna Doña Juana, por donde sospechando, afirmaban que aquella hija mas fuese ajena, que del Rey. Estando el Rey asi en Medina del Campo acompañado de muchos Perlados , é caballeros llegó la embajada de Francia, en que venian personas señaladas. Conviene á saber: el Cardenal Atrabatiensis y el Señor de Torsi en nombre del Rey y el Conde de Bolonia y el Señor de Manicorni por parte del Duque de Guiana con grandes poderes suyos, para 25 desposarse en su nombre con la hija del Rey……”
No es sospechoso Diego Enríquez de haber sido un palmero de Isabel y ello nos hace valorar su crónica en su justa medida, pues no son de desdeñar sus comentarios sobre la actitud del rey y su sequito a los que primero acusa de estar en Segovia más preocupados de los placeres mundanos que de las acuciantes necesidades del reino. Pero no menos importantes son sus afirmaciones en torno a la postura de la nobleza castellana de la Corte, que veía atónita el dominio emocional del marqués de Villena sobre el propio rey, y el deshonesto vivir de la reina. Consecuencia de ambas conductas, la lógica elección de gran parte de la nobleza castellana por Isabel, no sólo como sucesora al trono de Castilla, sino también para muchos como inmediata y legítima propietaria del reino, pues la situación en la Corte avalaba un posible derrocamiento del rey.
Nunca fue esa la voluntad de Isabel, aunque los hechos después pudieran aparentar lo contrario…..pero eso se analizará en otros capítulos dedicados a esa cuestión.
Sigamos con la crónica de Diego Enríquez…..
“….los Embajadores vinieron al palacio del Rey, é entrados en una sala ante su Real presencia, estando presentes los Perlados y caballeros de su Corte, el Cardenal propuso disciendo que como el Rey de Francia toviese mucho amor con é l , y lo quisiese como á hermano , confederado é aliado, queriendo que aquella hermandad fuese mas firme é durable , enviaba á él , e á los otros caballeros que con él venían á su A l t e z a , para contratar con su Alteza el casamiento del Duque de Guiana, su hermano, con la señora Doña Juana su hija : é aquí disparo algunas palabras contra la Princesa Doña Isabel , tales, que por su desmensura, son mas dignas de silencio que de escritura. E asi concluyendo , dixo , que pues el R e y de Francia enviaba á él, y aquellos caballeros, que con él venían sobre aquel negocio de parte, de su Rey , rogaban á su Real magestad lo quisiese aceptar, é aceptado, les mandase dar personas fiables á su servicio, para lo concluir y negociar. Oyda su habla, el R e y con mucha graciosidad le respondió, que avia mucho plascer de la demanda que traían ; porque aquello era lo que le agradaba : por tanto , que desde allí nombraba , é deputaba al Maestre de Sanéliago , é al Arzobispo de Sevilla é al Obispo de Siguenza, para que lo contratasen é concluyesen….”
Me quedo con una frase que lo resume todo. Las ofensas del Cardenal francés hacia Isabel no debieron ser ligeras, pues téngase en cuenta que pocas semanas antes Isabel le había dado largas al prelado francés en su ofrecimiento de matrimonio con el hermano del rey francés, mientras esperaba ansiosa la llegada de Fernando a Valladolid, y ello a un arrogante consumado como era el Cardenal Atrabatiensis, descubierto el engaño, era algo que dejaba profunda herida. Pero me quedo ccon la elegante frase del cronista…..disparó algunas palabras contra la princesa Isabel que por su desmesura son más dignas del silencio que de la escritura. Esta, reitero, elegante forma de expresión (hasta consigue una inesperada rima) hace que el lector tenga una visión panorámica de la situación del reino en aquel momento. Nos encontramos una Castilla gobernada por un incapaz, que no duda en privar del trono a su hija para poco después venderla al rey de Francia con tal de complacer a su valido y todo ello a sabiendas de que esta postura podía conducir a una inminente guerra civil. Nos cuenta Alfonso de Palencia, como algunos nobles castellanos, indignados por las palabras del Cardenal francés, tomaron en seria consideración la idea de asesinarlo allí mismo.
No nos cabe duda de que el movimiento en el tablero de Enrique y Villena no tardó mucho en conocerse en Valladolid.
Estamos analizando un periodo que abarca desde el otoño de 1469 al de 1470, marcado por dos hechos, el inicial, la boda de los príncipes, y el final, la declaración de Valdelozoya, privando a Isabel de la condición de heredera al trono de Castilla. Isabel estaba embarazada en febrero de 1470 y el silencio de su hermano Enrique y la llegada de la embajada francesa supusieron un duro mazazo en la pequeña corte de Valladolid y la buena nueva del estado de la princesa tenía un sabor agridulce. Pero, ¿que se podía hacer?. La vía diplomática era, de nuevo, la única salida.
Los príncipes abandonaron Valladolid pues una disputa entre castellanos viejos y conversos acabó con un asalto a la casa de Juan Viveros. Por fortuna, los príncipes y el Arzobispo de Toledo fueron avisados con tiempo y pudieron salir hacia la localidad de Dueñas, en compañía del propio Juan Viveros.
Diego Enriquez nos relata el último intento diplomático de los príncipes. Del tono de la misiva se denota rápidamente la sensación de inseguridad que rodeaba al joven matrimonio ante la inteligente respuesta de Villena a su enlace…….
“EL Príncipe Don Fernando , y la Princesa Doña Isabel, viendo que siempre el Rey mostraba enojo contra ellos, aunque honestamente lo disimulaban : é que ninguna respuesta por escrito les daba las otras veces que le avian escrito , y enviado su embajada: sintiendo el desposorio, que quiera hacer de la hija con el Duque de Guiana , é tornarla á hacer heredera, si le aprovechara, acordaron de le escribir otra carta en la forma siguiente.
Muy alto , é muy poderoso Príncipe , Rey é Señor. Ya vuestra Señoría sabe, como en el mes de Octubre pasado enviamos á vuestra Alteza nuestras cartas con Mosen Pero Vaca, é Diego de Ribera , é Luis de Atienza con carta creencia por escripto. La qual en efecto contenia: primeramente facer saber á vuestra merced el casamiento, nuestro y su razonable causa…..
Y, muy excelente Señor, ya pasados son cerca de quatro meses que vuestra Señoría„ no nos ha respondido, é agora por muchas partes avernos sido„ avisados , que en lugar de aceptar nuestra suplicación justa,por algunos rodeos é maneras muy poco cumplideras á„ vuestro servicio , é á la paz e sosiego de vuestros reynos, se procuran de meter gentes estrangeras á esta vuestra nación muy odiosas , é facen otros movimientos contra nosotros , é contra la derecha e legítima sucesion á nos pertenece…………
Y muy excelente Señor , porque nosotros todavía estamos , e permanecemos en el deseo que vos enviamos a decir que tenemos de vos„ servir , acatar é obedescer como á Rey é Señor e Padre verdadero , de lo qual queremos dar cuenta á Dios núestro Señor en los cielos, que es el verdadero sabedor de las intenciones públicas , é secretas , y á vuestros naturales en la tierra , y aun á los estraños , acordamos de escribir esta presente carta a vuestra Merced: á la qual por ella con reverencia de hijos y servidores suplicamos, quiera aceptar la núestra primera justa suplicación : é aceptando aquella , resciba nuestra obediencia é servicio : é post poniendo todos los otros enojos é desgrados por servicio de Dios nuestro Señor , é por la pacificación de estos vuestros reynos , é señoríos , e por hacer merced á nosotros , cuya voluntad nunca fue , ni será , á vuestra Señoría plasciendo , de vos enojar ni deservir.
Y si por ventura, muy excelente Señor, á vuestra Alteza , no le placerá hacer esto , asi graciosamente como lo pedimos , suplicárnosle lo que de justicia no nos puede denegar : es á saber , que antes que los tales rigores se comiencen , los quales serán malos de atajar despues de comenzados , y de ellos se podrían seguir grandes ofensas á Dios , y daños inrreparables de estos vuestros reynos, y aún creemos que se extenderían á muy grande parte de la Christiandad , que á vuestra merced plega de nos oir , é mandar guardar nuestra justicia, en esta manera : que vuestra Alteza venga en plascerle que á quatro Grandes de vuestros reynos, que á las partes sean fieles , sea entregada una villa con las solemnidades que se requieren para en tal caso , á donde vuestra Alteza, é los Perlados é Grandes de vuestros reynos puedan venir, á los quales vuestra merced mande llamar: é asimismo nosotros y aquellos que nos siguen podamos ir : y allí vuestra Señoría mande llegar los Procuradores de las ciudades é villas , é los principales Religiosos en vida y en letras de todas las Ordenes de vuestros reynos, los quales oygan lo que vuestra merced les querrá descir, é asimismo lo que nosotros diremos, é quiera estar á la determinación de ellos , d de la mayor parte de ellos sobre solemne juramento que hagan de determinar lo que les pareciere ser mas justo. A la qual determinación nosotros por servicio de Dios é vuestro , é por evitar grandisimos males como de la rotura, si se comenzase , se podrían seguir , desde agora nos ofrecemos, e proferimos de estar obedientes , sin poner á ello ninguna contradición.
Y porque pocas veces los muchos se acuerdan en una cosa, si entre en los susodichos huviere alguna diferencia en la determinación á vuestra Alteza plasciendo, plascerá á nosotros , que quatro Religiosos , o mayores Perlados de las Ordenes de Santo Domingo , y San Francisco, y San Gerónimo , é de la Cartuxa en estos vuestros reynos entiendan en las tales diferencias, é las atajen como en sus conciencias vieren , y entendieren ser mas cumplidero al servicio de Dios, y á la paz universal de estos vuestros reyno.
Analizando con detenimiento la carta, queda clara la voluntad de los príncipes de respetar al monarca. Bien pudiera achacárseles que ahora lo hacían temiendo la inminente injerencia francesa en tierras castellanas, pero no es menos ciertos que en todas las misivas previas tanto de Isabel primero cono luego de los dos esposos el encabezamiento de las mismas siempre contenía el respeto y reconocimiento de Enrique no sólo como legítimo rey de Castilla sino como un padre. Y eso era mucho decir en aquellas circunstancias. Y era mucho decir porque esa mención al reconocimiento de Enrique como figura casi paternal estaba un tanto fuera de tono en una misiva diplomática y por tanto solo respondía a la verdadera intención de Isabel de apaciguar a su hermano al que consideraba envenenado por la influencia de Villena e intentaba hacer recapacitar intentando despertar la sensibilidad de quien, principalmente era su hermano. No hay cobardía en la misiva de los príncipes, hay una sincera intención d evitar no sólo una guerra civil, sino un conflicto europeo. Así lo manifiesta también el historiador Vicens Vives en su obra sobre Fernando el Católico….
Se comprometían a obedecerle y a respetarle, y le proponían, para obviar a todas las polémicas, confiar el pleito sucesorio a la discriminación de las Cortes castellanas o bien, en caso de irresolución de éstas, a una comisión de cuatro superiores de las órdenes religiosas de más arraigo, San Francisco, Santo Domingo, San Jerónimo y la Cartuja. Si Enrique IV no aceptaba esta solución, echaban sobre los hombros del monarca la responsabilidad de lo que sucediera, lo cual tendría por marco no sólo Castilla, sino muy grande parte de la Cristiandad. Esta alusión al aspecto internacional del pleito sucesorio castellano aparece aquí por vez primera desde 1464, y es un claro testimonio del punto de vista aragonés sobre la cuestión.
En efecto, atinadamente Vicens Vives ve la mano aragonesa en la parte final de la misiva, pues la irrupción de Francia, el más acérrimo enemigo por entonces de la corona aragonesa, en el conflicto sucesorio castellano llevaba no sólo a una guerra civil en Castilla sino que el conflicto armado se extendería con carácter inmediato a la frontera franco-aragonesa con un resultado incierto para ambos bandos y con la más que segura intervención de otros actores políticos europeos.
Era una carta justa. En su contenido literal y en su finalidad moral. Pero el intento fue baldío. El reino estaba en manos de un pusilánime que no era más que la marioneta de un hombre embriagado de poder como Juan Pacheco, marqués de Villena y Maestre de la Orden de Santiago nada más y nada menos y que ejercía, de facto, la gobernanza en la corte castellana. Pero en Castilla no sólo había una corrupción política, había también una grave crisis económica motivada fundamentalmente por el abaratamiento de la moneda ordenado por el rey y que conllevó una inflación que llevó a la ruina y miseria a millares de ciudadanos castellanos. Y por si esto fuera poco, el constante peligro musulmán. El reino de Granada era siempre una constante amenaza para los territorios de la Andalucía castellana. La caída de Constantinopla pocos años atrás había supuesto que el reino nazarí fuera considerado una cabeza de puente para otra invasión musulmana. Y para contener esa amenaza hacía falta dinero y soldados. Justo lo que empezaba a escasear en Castilla. Y en este caldo de cultivo, bien podría pensarse que fácil sería para Isabel derrocar a un rey en semejante situación política. No nos cabe ninguna duda que si Fernando de Aragón se hubiese casado con otra princesa de otro reino en semejante situación el derrocamiento estaría asegurado. Pero Isabel, con apenas 19 años, embarazada de su primera hija, tenía claro que el camino que la Providencia le había indicado hasta el trono era un camino que no debía mancharse de sangre castellana. No puede analizarse el ascenso al trono de Isabel I de Castilla sin tener en cuenta esta convicción moral, pues fue el principal principio que marcó su proceder hasta su coronación. Los perfiles sicológicos que durante cinco siglos se han ido sucediendo en torno a la figura de Isabel y que pretenden trasladar la imagen de una mujer ambiciosa que provocó una guerra civil contra su propio hermano por su deseo al trono castellano no son más que una burda dimanación de la leyenda negra española, que pretende establecer un pecado de origen en la Hispanidad. Durante más de quinientos años, pocas son las figuras que han dedicado un estudio riguroso a los años que precedieron el ascenso al trono de Isabel. Si se analizan las diversas biografías de la reina, puede verse con facilidad como este periodo es resumido en escasas páginas. Y no debió de ser así. Cierto es que los treinta años de reinado de Isabel fueron, simplemente extraordinarios en acontecimientos diversos, pero la génesis de una figura cardinal en la historia de la humanidad pienso a mi modesto entender que bien merece un estudio. En este sentido, las fuentes contemporáneas a la reina son las más fiables, pues fueron testigos directos de los hechos e incluso en casos como Alfonso de Palencia, protagonistas de los mismos.
Pero vayamos concluyendo el capítulo. Y como colofón voy a reproducir una carta que se encuentra en el monasterio de El Escorial. Una carta que se encuentra mal catalogada puesto que es una carta de principios de 1470 y no de 1471 (como está archivada) y que su autoría corresponde ni más ni menos que al Arzobispo de Toledo (aunque se cataloga como una misiva al rey de un prelado inconcreto). La carta tiene un extraordinario valor histórico puesto que el análisis global de la situación del reino en aquellos comienzos de 1470. Es una carta dura, pero de análisis sincero lo que denota que está escrita por un auténtico hombre de Estado, alguien que pone los intereses del reino por delante de los personales. A diferencia de capítulos anteriores la voy a ir analizando parcialmente por su importante valor descriptivo…..
“Primeramente después de besadas sus reales manos en nombre nuestro diredes á su alteza como ya aquella sabe los grandes escándalos que en estos sus regnos se han levantado de vij años á esta parte á causa de la sucesión dellos, y como quiera que las opiniones de los unos y de los otros en el principio es de creer que fuesen fundadas sobre justo celo; bien se puede decir que en el medio y fin non han conseguido nin consiguen con el comienzo, segund los grandísimos males y daños y destruciones que se han seguido y de cada día se continúan…..”
La carta comienza hablando en plural. En nombre nuestro, es decir, la carta si bien hecha por Carrillo lo es en nombre de los príncipes también. Y el comienzo es un reconocimiento al fracaso de ambas posturas enfrentadas en el reino hasta la fecha.
“…Que á su mercedes manifiesto el estado en que se ha puesto su real dignidad, y como estos sus regnos están en total perdición por falta de justicia, que en ellos non hay ninguna, salvo aquella que la necesidad ha puesto y pone en algunos pueblos aunque pocos, que en las otras partes non parece que hay otro derecho salvo la fuerza y asimesmo ve su alteza el intolerable daño que se ha seguido y sigue de la moneda, el qual ha traído trae tan gran confusión que bastaría para destruir un regno muy sano….”
El primer análisis es un ataque frontal y directo a la política monetaria de Enrique IV. El bastardeo de la moneda, es decir, el reducir la cantidad de plata en las mismas y la autorización de la instalación de más fábricas de moneda que las cinco existentes en el reino hasta entonces (Burgos, Toledo, Sevilla, Cuenca y Coruña) tuvo como principal consecuencia una subida del precio de los alimentos que había empobrecido notablemente la vida de los castellanos en los últimos años. Esa situación de necesidad económica había motivado una gran inseguridad en los caminos castellanos pues proliferaba el bandidaje y la pillería. El malestar entre la población castellana era notable, puesto que su empobrecimiento era proporcional al enriquecimiento de unos pocos. Téngase en cuenta que de las cinco aludidas casas de monedas se pasó a ciento cincuenta. Todas ellas concedidas a nobles afines a Enrique que no dudaban en reducir la cantidad de plata en las monedas de vellón obteniendo así un enriquecimiento instantáneo. Este empobrecimiento de la ley de las monedas motivó además la circulación de gran cantidad de moneda falsa.
“…Asimismo bien ve su merced las guerras particulares que al presente hay entre sus naturales : en las Montañas, en las Asturias,,en Gallicia, en Estremadura, en Sevilla y Córdoba, y en otras partes de menor calidad, en las que ha ávido y hay grandes confusiones. tanta derramacion de sangre, tantos robos, tantas quemas, que si oviese sido en los tiempos pasados seria dolor de lo óir, quanto mas de lo ver á los que lo vemos por los ojos: viendo en estas turbaciones levantarse hombres de sendas lanzas y con ladrocinios y robos llegar á tener cien y doscientas. lanzas y sostenerlas del sudor de los miserables, y oviendo sobre ellos los tales loteros, como se fizo en Francia en tiempo de sus grandes desaventuras”
“Pero diremos á su señoría que todos éstos males en alguna manera parescerian reparables por tiempo, excepto las muertes: porque si se toman fortalezas
ó villas ó otras cosas de unas partes á otras, todas sé quedan en sus regnos en poder de sus naturales, pero lo que agora se comienza entrando los moros enemigos de nuestra santa fe tan poderosamente á facer las crueldades y males que se facen matando y quemando y destruyendo sus tierras, que esto paresció un mal muy insoportable, que segund la fama suena del esfuerzo deste Rey de Granada á la entrada que ahora fizo entrando á donde ha muy grandes tiempos que moros non llegaron, si alguna resistencia non se les pone, segund las contiendas que están en el Andalucía, mucho se debe temer el perdimiento de aquella tierra y aun de mas allende por los aparejos que parece que hay para ello, y mas por los muy grandes pecados de todos: y diredes que como nos seamos constituido en esta dignidad que es la mayor de sus regnos é llegado en tal edad, por estas cosas seamos mas obligado á procurar el servicio de Dios y el bien común mas que otro ninguno….”.
Las continuas rafias que se producían en Andalucía contra las poblaciones de los territorios limítrofes castellanos con el reino de Granada causaban gran desasosiego en los príncipes y el Arzobispo de Toledo. Como dije antes, la caída de Constantinopla supuso un serio aviso para los reinos europeos. Había un enemigo a las puertas de Europa, un enemigo poderoso y cruel, y la situación política en Castilla era una clara muestra de debilidad que bien podía utilizarse por los musulmanes para invadir de nuevo la península utilizando como triunfante portal de entrada todo un reino como era en aquel entonces el de Granada. Urgía tomar medidas para proteger la frontera y destinar los esfuerzos militares en Castilla a protegerla y no a desangrarse en luchas intestinas. Aquí se ve claramente la visión de un hombre de Estado, que analiza los problemas del reino y pone el interés general sobre los particulares. Esa fue la enorme diferencia entre Carrillo y Pacheco, entre Isabel y Enrique. Y así queda atestiguado por toda esta colección diplomática que ha llegado a nuestros tiempos y que con justa medida se intenta analizar en estas modestas líneas.
“…Que á su real señoría plazca por servicio de Dios y por facer merced á estos regnos suyos y por el bien universal de aquellos que en esto se entienda: y decirles que al parecer nuestro prestamente poderse ayuntar y que á mi ver podríamos ser estos que se siguen: de los caballeros el Maestre de Santiago, el Duque de Arévalo,el Marques de Santillana, el Duque de Alburquerque, los Condes de Haroy de Álvay de Benaventey de Treviño y Almirante : de los Perlados Micer Antonio, Nuncio apostólico, el Arzobispo de Sevilla,el Obispo de Sigüenza, el de Coria, el de Burgos y nos y otros algunos si en esto pudiesen convenir como dicho es.
Por manera que fuésemos en número nones, y que para este ayuntamiento por las diferencias que hay entre algunos destos oviese seguridades entre nosotros para nos guardar durante aquel que estuviésemos y jurásemos en el sepulcro de San Vincente de Avila, ó soblre la hostia consagrada en manos de un preste, de dar aquel medioen este fecho qual nos paresciese ser complidero á servicio de Dios y suyo y a la paz y sosiego y buena gobernación de estos reynos.
Que grande vergüenza y mengua es de todos sus regnos y naturales que siendo él Rey y nuestro Señor, tenga las necesidades y poco poder y desautorizamiento que su merced tiene.”
La frase es demoledora. Acusar a un rey de carecer de autoridad en cualquier reino medieval aparejaba una segura condena a muerte. Pero a Carrillo no le tembló el pulso ni la pluma. Le preocupaba más la situación terminal de los territorios castellanos. Y buena prueba de ellos es la reiteración de una convocatoria de unas aparentes Cortes, al igual que lo propusieron con anterioridad los propios príncipes en una previa embajada diplomática. Unas Cortes de carácter extraordinario con la única finalidad de poner fin al conflicto sucesorio que desangraba Castilla desde hacía más de un lustro y que causaba un enorme perjuicio a su población. Un mal de muchos en beneficio de unos pocos que había que atajar de manera inminente, puesto que los pocos beneficiados ahora asomaban por el norte materializados en una peligrosa alianza con el rey de Francia y por el sur con una creciente amenaza musulmana.
El esfuerzo diplomático se había hecho por duplicado, primero los príncipes y ahora el propio Arzobispo de Toledo. Era un esfuerzo hecho desde el respeto, la lealtad a la corona y la preferencia sobre todo del bien común. Y todo ello, sin dejar a un lado la sincera exposición de la dura realidad castellana. Era hora de dejar a un lado enemistades personales (téngase en cuenta que se alude expresamente a reunirse con el propio Juan Pacheco, con Beltrán de la Cueva o la poderosa familia Mendoza, claras cabezas visibles del bando enriqueño) y pacificar el reino ante la amenaza exterior y la grave situación económica.
Pero, lamentablemente, esta no era la visión del rey……….
Escrito en Aranjuez a 6 de junio de 2026
Miguel Ángel Rodríguez Planas.
