
Restos de Muralla de la localidad de Dueñas (Palencia)
Isabel la Católica. La forja de una Reina. Parte XXII
“…E por quanto de presente yo me hallo en peor disposición que las horas non fazia, ya perdida la esperanza de los que me siguen, que yo dineros dar no le puedo para sostener sus gentes e me servir, algunos de ellos están para me dexar e tomar otro partido….”
Fragmento de carta del príncipe Fernando a su padre Juan II de Aragón. Febrero de 1470
A comienzos del año 1470 en el aire de Castilla se respira un indeseado aroma a guerra civil. Los recién casados príncipes Isabel y Fernando, no se sientes ya seguros en Valladolid, Isabel, además, se encuentra embarazada de su primera hija y es necesario buscar un lugar seguro en el que poder alumbrar a la primogénita y desde donde se pueda continuar la intensa labor diplomática que vimos en el capítulo anterior que tanto Carrillo como los príncipes estaban llevando a cabo.
La situación económica de la nueva corte tampoco era demasiado boyante. Debido al constante temor de que el rey Enrique llevara a cabo una acción militar rápida y directa contra su hermana se acordó que los príncipes tuvieran una escolta de mil soldados a caballo. Sin embargo, para mantener esa escolta eran necesarios cuarenta mil florines, y los príncipes no contaban con esa suma, por lo que fue necesario pedirla a Juan II de Aragón.
Los príncipes necesitaban encontrar un lugar seguro donde poder mantener su guarnición y obrar políticamente con el sosiego necesario. El lugar elegido la localidad palentina de Dueñas, que se encontraba bajo el dominio del duque de Buendía, Don Pedro de Acuña, que era, además, hermano del arzobispo de Toledo. Dueñas era una localidad amurallada con solo cuatro puertas de acceso y dos puentes sobre los ríos Carrión y Pisuerga, lo que suponía que era fácil de defender ante un ataque sorpresa de las huestes del rey. En la localidad palentina van a permanecer los príncipes durante todo el año 1470.
Pero el silencio de Enrique y de Juan Pacheco (al que de ahora en adelante ya no titularemos como marqués de Villena sino como maestre de la Orden de Santiago, ya que meses atrás se decidió que el título nobiliario de la localidad alicantina se cediese al primogénito de Pacheco) empezaba a generar tensión en la nueva corte. El porqué de este nerviosismo es multifactorial, pero el hecho es que entre el arzobispo carrillo y Fernando de Aragón empiezan a surgir frecuentes discusiones que llegan a obligar a intervenir a Juan II de Aragón, ordenando a su hijo que acate y respete la voluntad y consejo del prelado toledano. No es esta la única intervención del inteligente monarca aragonés. Ante el silencio de la corte Enriqueña y las conocidas intenciones de la misma de casar a su hija Juana con el hermano del rey de Francia, Juan II decide enviar a Castilla a su secretario Pedro de Vaca con una doble misión.
Durante todos estos capítulos hemos podido comprobar como el rey de Aragón, Juan II es sin duda una de las figuras más determinantes, influyentes y perspicaces de la política peninsular en el siglo XV, era sin duda un buen ajedrecista, y supo a qué dos fichas importantes del lado contrario del tablero debía encaminar sus movimientos. La primera, era la familia más importante e influyente de Castilla, los Mendoza, quienes tenían en custodia a la pequeña Juana, la hija del rey. La segunda era el personaje más influyente de la corte enriqueña, el todopoderoso Maestre de Santiago, Don Juan Pacheco. Resultaba evidente que Juan II sabía adonde dirigirse, pero el problema no era el quien, sino el qué, es decir, cual, era el ofrecimiento concreto que podría hacer torcer la decidida y férrea voluntad de ambas personas de apoyar al rey Enrique. Y eso era labor casi imposible como vamos a comprobar a continuación.
Efectivamente, a Guadalajara viajó Pedro de Vaca para primeramente ofrecer a los Mendoza la posesión de la localidad aragonesa de la Almunia de Doña Godina. Como contraprestación, los Mendoza debían de dilatar la entrega de la niña Juana a su padre. La finalidad era truncar las conocidas negociaciones con el monarca francés, Luis XI, con su hermano el duque de Guyena, que por aquel entonces era el heredero al trono de Francia. Poca recompensa parecía para tan grade traición al rey de Castilla y el no fue rotundo. Cuesta creer que un hábil monarca como Juan II ofreciese tan escaso pago a una decisión de tan alto calibre. Más bien puede comprenderse esta maniobra como una desesperada tentativa de retrasar en unos días lo que parecía inevitable o bien simplemente de tantear la fortaleza del apoyo de los Mendoza en aquel momento a la causa enriqueña. De hecho, la respuesta de los Mendoza fue bastante más trabajada que la aragonesa ya que propusieron al embajador aragonés, casar a Doña Juana con el futuro hijo de los príncipes Isabel y Fernando, si este fuera varón, declarando a este joven matrimonio, sucesores del reino de Castilla y obligando a Isabel y Fernando a abandonar el reino. Ahí quedaba eso. Extraordinaria respuesta de la familia Mendoza a una solicitud de traición, pues si querían que se traicionase al rey de Castilla el precio sería el abandonar el propio reino para Isabel y Fernando.
Sea lo que fuera, el caso es que, con la negativa de los Mendoza a cuestas de su montura, Don Pedro de Vaca encaminó sus pasos a entrevistarse con Don Juan Pacheco. Y ante el astuto Maestre, se presentó la oferta que venía desde Aragón. Un doble matrimonio el de los dos hijos bastardos del príncipe Fernando, Juana y Alfonso, con un sobrino e hija del Maestre, respectivamente. Al igual que en el caso de los Mendoza, el no de Pacheco fue concluyente, pues ambos matrimonios casi nada aportaban aun hombre que gobernada de facto en Castilla.
La decisión de Enrique y Pacheco estaba ya tomada meses atrás, nada más conocer el matrimonio de los príncipes. La huida de Isabel de Ocaña para contraer matrimonio con Fernando era causa legitima, a juicio del monarca castellano, para romper los acuerdos de Guisando. Una vez libre de los pactos contraídos con su hermana, lo inteligente era, reconciliarse con la reina Juana, proclamar a la hija de ambos Princesa de Asturias y encontrarla un esposo, que supusiera una alianza de gran fortaleza y lo más dañina posible a la Corona de Aragón. El candidato dolo podía ser uno, el meritado hermano del rey de Francia.
En Median del Campo fue citada la embajada francesa. Corría el mes de Julio de 1470. La encabezaban el Cardenal de Arrás, Jerónimo de Tours (Conde de Bolonia) y Olivier de le Roux (Señor de Barsí), todos ellos con poderes específicos otorgados por el rey de Francia y su hermano. Pero aconteció…… algo inesperado.
A finales del mes de Julio la reina de Francia dio a luz por fin un hijo varón, por tanto, el duque de Guyena ya no era heredero al trono francés y el matrimonio que se pretendía convenir con la pequeña Juana ya no sería tan fructífero. Sin embargo, el acontecido alumbramiento no fue óbice para que no se llevara a cabo el casamiento. Ello nos indica que los intereses no eran solo hereditarios sino geoestratégicos. El matrimonio de la niña Juana, ya rehabilitada como Princesa de Asturias con el hermano del rey de Francia supondría una alianza con la corona francesa que haría una pinza sobre Aragón difícilmente de aguantar por Juan II y su hijo Fernando. Además, supondría el abandono de territorio castellano de los jóvenes príncipes, era pues, mas importante para Enrique una cumplida venganza para con su hermana que un pleno y ventajoso matrimonio. Si es que de matrimonio se podría hablar toda vez que su hija Juana apenas contaba con 8 años de edad. La jugada era perfecta, un jaque mate a la princesa en toda regla. Estamos sin duda ante el momento más duro y difícil de la vida política de Isabel, y matizo el carácter de político del momento pues, alguien que tiene que enterrar a algunos de sus hijos como acontecería más tarde desgraciadamente en la vida de Isabel, difícilmente puede elevar por encima de esa tragedia cualquier contratiempo de carácter político.
En Medina del Campo la negociación fue rápida. Vayamos a la crónica de Palencia………
“……El cardenal de Albi, junto con sus compañeros de embajada, seguidos de doscientas cincuenta lanzas, salieron de Burgos con dirección á Medina del Campo, villa capaz de albergar cómodamente numerosos huéspedes. Allí Ie aguardaban muchos Grandes del séquito del rey D. Enrique, como el maestre de Santiago, don loan Pacheco, D. Alvaro de Estúñiga, conde de Plasencia, llamado antes duque de Arévalo por ajustada disposición del Rey; su hermano D. Diego de Estúñiga, conde de Miranda, y el obispo de Siguenza D. Pedro González de Mendoza, todos los cuales salieron á recibir á los embajadores. Lo mismo hizo D. Enrique, tanto por cumplir con lo que la dignidad del Cardenal exigía, como porque no dejaba de agradarle el objeto de su embajada…..”.
De la crónica de Palencia nos interesa lo que viene a continuación, porque retrata muy a las claras las verdaderas intenciones que para los franceses tenía este matrimonio, supusiera o no casar al heredero de la corona francesa y que explican el porqué de no abortar dicho matrimonio una vez conocida la existencia de un hijo varón del rey de Francia que desplazaba al Duque de Guyena en su aspiración al trono.
“….tachó á los Príncipes de necedad y bajeza de ánimo; de maldad y corrupción al arzobispo de Toledo, y á los españoles de desleales y perezosos. …..Pintó, en cambio, a los príncipes franceses como seres divinos y reformadores de las costumbres, y dijo que si con asentimiento del Rey se había dignado su hermano Carlos acceder al matrimonio con Doña Juana, lo había hecho para que la purísima dignidad de la virtud francesa desterrase las torpes corruptelas de los naturales de España, al menos, para que su fortaleza venciese nuestra apatía; para destruir ritos indecorosos con la templanza del catolicismo, ypara arrojar del reino al temerario príncipe de Aragón D. Fernando, que en el vínculo de ilegítimo matrimonio pretendía fundar nuevos cursos con que combatir el poderío de los franceses……”
Queda claro que el matrimonio de la niña Juana solo era simplemente el punto en el que convergían el interés estratégico de Francia en su eterna lucha contra los aragoneses y el ánimo de venganza de Enrique y Pacheco contra Isabel. No había nada más. Las estúpidas palabras del embajador francés no hacen más que resaltar el verdadero interés pues el discurso insultante y arrogante no era más que un torpe intento de maquillar el verdadero interés de Francia en el matrimonio. Cuesta creer que en toda Francia no existiese por entonces un político más pragmático que con otro discurso hubiese podido adornar el enlace de otro modo…..pero eso es lo que aconteció en Medina del Campo.
No cayó en saco roto la ofensa del embajador francés al pueblo castellano y Palencia nos relata como la reacción de las gentes no se hizo esperar
“…..iba creciendo de día en día el odio contra los extranjeros, y algunos de los nobles españoles buscaban oportunidad para dar muerte al insolente Cardenal que con tan insigne desfachatez é infamia había ofendido en su discurso á los Príncipes….”.
Sin embargo, todo quedó en tentativas, salvo el manifiesto de los señores de Vizcaya, que manifestaron abiertamente su oposición al matrimonio con el príncipe francés por ser frontera natural con Francia, pasándose el señorío de Vizcaya al bando isabelino.
La embajada francesa pasa el mes de Agosto en Medina del Campo entre fiestas y celebraciones y acodando los pormenores del matrimonio que debería celebrarse entre el hermano del rey de Francia y la pequeña Juana una vez que ésta fuera rehabilitada como Princesa de Asturias. Debí existir, por tanto un acto expreso de proclamación de Juana como legítima heredera a la corona castellana y ello , en buena lógica debía de venir acompañado de la destitución de Isabel de dicho derecho sucesorio. La intención del rey Enrique y la embajada francesa era la de celebrar un acto en el que se dieran ambas proclamaciones y se concluyera con la promesa de matrimonio de la recién proclamada princesa de Asturias. Y así, acontecería poco después, en el mes de octubre de 1470 como veremos en el próximo capítulo.
Pero antes veamos algunos hechos de armas que nos ponen en contexto de la fortaleza en aquellos momentos de Enrique. El primero la ocupación de Valladolid. Mando el rey mil doscientos jinetes a entrar en Valladolid y desalojar de sus posesiones a todos os partidarios de los príncipes, Juan Viveros el primero. Quiso acudir el príncipe Fernando en su auxilio con trescientos caballeros, pero el arzobispo de Toledo, con sensatez y dada la superioridad de cuatro a uno de las tropas del rey le desaconsejó la escaramuza. Median del Campo fue ocupada y sus regidores destituidos nombrándose nuevos que fuesen partidarios del rey Enrique. No hubo respuesta militar tampoco por parte de los príncipes pese al valor sentimental que para Isabel tenía aquella villa vallisoletana. La debilidad de la corte de los príncipes era notoria.
El Maestre de Santiago, quiere aprovechar la ocasión y acrecentar sus dominios intentado arrebatar las ciudades leales a Isabel. Palencia nos cuenta como meditaba la ocupación de Madrid, Baeza, Alcaraz, Segovia y sobre todo Ávila. La villa abulense era declarada partidaria de Isabel y su pérdida supondría un golpe definitivo sobre todo en lo económico para la corte de los príncipes pues las rentas de Ávila y las del arzobispo Carrillo eran las bases de su sustento. Conocidos los planes del Maestre, la reacción de Isabel no se hizo esperar y al mando de Gonzalo Chacón envió a ciento cincuenta escogidos hombres de armas a defender Ávila. La villa abulense resistió para alivio de los príncipes. No así aconteció con diversas villas toledanas propiedad del arzobispo de Toledo, que cayeron fácilmente bajo las huestes de Enrique. El acoso a los príncipes era evidente por todos los lados.
Solo quedaba la astucia política para salir de aquel atolladero en el que todo parecía perdido.
Diego Enríquez nos cuenta en su crónica como concluidas las negociaciones, el rey y la embajada francesa partió hacia Segovia, donde había ordenado a los Mendoza, traer a su hija Juana. En pago a los servicios de custodia de su hijo les entregó las villas de Valdeolivas, Alcocer y Salmerón. Algunos nobles de Castilla empezaban a cambiar de bando merced a las maniobras del Maestre Santiago.
Todo parecía perdido para los príncipes. El dos de octubre de 1470 en Dueñas, nacería la primera hija de los príncipes a la que se llamó Isabel en honor a su madre y abuela. El esperado nacimiento de un varón no aconteció y con ello la esperanza de reafirmar el derecho sucesorio se desvaneció en un tenebroso mes de Octubre de 1470 en lo que lo peor estaba por llegar…..
Escrito en Alicante a 8 de Agosto de 2026
Miguel Ángel Rodríguez Planas.
