
Acta Original conservada en el Archivo de Simancas
Isabel la Católica. La forja de una Reina. Parte XX
Yo, Diego Rangel, notario apostólico, a todo lo susodicho en uno con los dichos testigos presentes fui.......
La celebración de la boda de los Reyes Católicos supuso la consagración formal de los acuerdos que, durante largos meses, se habían fraguado a fuego lento y haciendo frente a una variada seria de impedimentos y circunstancias que hemos relatado con detalle en los capítulos anteriores. En las biografías de Isabel la Católica apenas se hace referencia al acto en si de la ceremonia, limitándose a reflejar el lugar, la fecha y una breve relación de los asistentes. Sin embargo, dada la trascendencia del acto, creo que merecen ser conocidos con más detalle los pormenores de la ceremonia, pues, si bien es cierto que desde un simple punto de vista historiográfico los mismos pueden carecer de trascendencia, no es menos cierto que concluirá conmigo el lector una vez leído este capítulo, que la ceremonia nos va a aproximar un poco más a la intimidad espiritual de Isabel.
De la ceremonia, conservamos el acta original de la misma. El acta se encuentra legitimada por tres fedatarios. El notario apostólico Diego Rangel, Don Ferrand Núñez, tesorero y secretario de la Princesa Isabel y por último Don Fernand López del Arroyo, escribano y notario de cámara de Fernando de Aragón. Cada uno estampa su firma y sello en el acta que consta de dos hojas de cuero, escritas por ambas caras y una última adicional para el rubricado de las citadas firmas. Es evidente que los fedatarios representan a los tres poderes implicados en la ceremonia, cada príncipe aportaba un fedatario de su propio reino pero por encima de ellos en el acta destaca la firma y sello del notario apostólico, con una poderosa imagen de un altar coronado por una custodia y una cruz. El documento quería resaltar la bendición apostólica del matrimonio y es un hecho notable éste, del que cualquiera puede darse cuenta observando las rúbricas del acta.
Lo primero que llama la atención del acta, es el aparente error en la fecha. Se abre el acta referenciando como día de celebración de la boda al jueves 18 de octubre de 1469, cuando por todos es sabido que la boda se celebro el viernes 19 de octubre. ¿Se trata de un error? A mi juicio no se trata de un error, pues cuesta creer que tal torpeza pasara desapercibida por todos. La explicación pudiera ser sencilla. Los príncipes celebraron esponsales de futuro el 14 de octubre de 1469 y los ratificaron el 18 de octubre, celebrándose la boda el 19 de octubre. Quedaría claro, pues, que la intención de los notarios era retrotraer los efectos de la boda al mismo día 18 en que los príncipes ratificaron su acuerdo matrimonial. No cabe otra explicación.
Sea como fuere, lo cierto es que el viernes 19 de octubre de 1469 en el Palacio de Juan Pérez de Vivero, vizconde de Altamira y contador mayor del rey Enrique IV se llevo a cabo la ceremonia nupcial. Un detalle a tener en cuenta es el porque se elige ese lugar para la celebración del matrimonio. Es decir, porque no se elige una iglesia, de las muchas que existían en Valladolid en aquel año ( téngase también en cuenta que Valladolid carecía en 1469 de catedral propiamente dicha al no ser diócesis ) y en su lugar se elige una casa. Bien podía haber albergado la boda la entonces preciosa colegiata que era la principal iglesia de la ciudad, pero pienso que por discreción se escogió la casa de Juan Vivero. La boda de los príncipes se quiso llevar con la máxima discreción puesto, que no era un secreto para el rey la voluntad de ambos de contraer matrimonio, pero si lo era el lugar y la fecha. Enrique era consciente de que el enlace era inevitable pues ya su propia hermana días antes se lo había adelantado, pero los contrayentes, aconsejados por el arzobispo de Toledo, fueron precavidos y quisieron que la ceremonia se llevase a cabo con la máxima discreción. Unos preparativos en el recinto religioso más importante de la ciudad hubieran llegado a oídos del rey antes de consumarse con casi total seguridad, de ahí que se escogiera la casa de un noble leal a la causa de Isabel para llevar a cabo el matrimonio de los jóvenes príncipes.
En el acta de la boda se refleja la presencia de cerca de dos mil asistentes, lo que choca con la atribución histórica de que la boda entre Isabel y Fernando fue una boda en secreto. Como he explicado anteriormente, los preparativos de la boda fueron llevados con máxima discreción pero llegado el momento la boda no fue, ni mucho menos, secreta. La multitudinaria asistencia revela que los príncipes querían que en su boda estuvieses presentes los tres estados, esto es, la nobleza, el clero y el pueblo.
Vamos con la nobleza primero. Allá presentes estaban, Don Fadrique Enríquez, Almirante mayor de Castilla y sus dos hijos, Alfonso y Enrique; El Conde de Triviño, Don Lope Vázquez de Cuña, Adelantado de Cazorla; Don Diego de Rojas, hijo del Conde de Castro; los dos hijos del Adelantado Don Pedro Manrique, Gómez y Garci ( el Adelantado de Castilla era un oficial del rey que ejercía funciones militares e impartía justicia); Don Sancho de Rojas, señor de Cabrias y Santiago de la Puebla; por supuesto Don Gonzalo Chacón, quien aparece en el acta como Comendador de Montiel y mayordomo de la Princesa; Pere Vaca y Gutierre de Cárdenas son mencionados como consejeros de la princesa y asimismo como consejeros del príncipe son meritados Alfonso Manuel y Pedro Alfonso de Valdivieso; por último se menciona a los licenciados Pedro Sánchez Zurbano, Diego Rodríguez de Ayllón, Gonzalo González de Illescas, Gonzalo García de Burgos y Benito de Valladolid. No nos cabe duda que había más representantes de la nobleza allí, pero estos fueron los reconocidos por el acta.
La relación de miembros del clero es bastante más escueta, en primer lugar y como figura preminente, Don Alfonso Carrillo, por supuesto, el arzobispo de Toledo, es sin duda el tercer protagonista de esta ceremonia, y uno de las cuestiones que queda inconclusa es el porqué la ceremonia no es oficiada por el propio Carrillo. Nadie mejor que el para poner el broche final a su protagonismo en las negociaciones previas para llevar a cabo la unión de los príncipes. Sin embargo, no quiso tener ese protagonismo por motivos que no han llegado hasta nosotros y que yo no alcanzo a entender ni a dar una explicación razonable. Sea como fuere Carrillo, decidió no bendecir a los contrayentes. También presentes estaban Don Tello de Buendía, arcediano de Toledo y Don Diego de Guevara, canónigo de Toledo.
Y por último, nos queda identificar al oficiante de la ceremonia. Como he dicho, antes, el arzobispo de Toledo cedió ese honor a Don Pedro López de Alcalá, capellán mayor de la iglesia de San Yuste de Medina del Campo, localidad de Valladolid donde años después moriría la propia Isabel.
Pues presentados todos los invitados y los protagonistas de la ceremonia, nos queda relatar como aconteció la misma. Y la ceremonia en si fue bastante sencilla. El acta nos refiere que el sacerdote, revestido con las vestiduras sacerdotales fue informado y requerido en primer lugar por los contrayentes de la existencia de una bula del difunto Papa Pio II, otorgada el 28 de Mayo de 1464 que autorizaba al príncipe Fernando a casar con consanguínea suya en tercer grado de sangre real. Que esta bula era falsa es algo fuera de toda duda como ya expliqué en el capítulo anterior, pues si hubiera sido válida, no hubiese sido necesaria la bula que en 1471 (que a diferencia de ésta, si se conserva en los archivos vaticanos) del Papa Sixto IV. Pero dado que en la ceremonia se quiso que estuviese presente el pueblo, era necesario un instrumento jurídico que de cara al mismo revistiese de legalidad la ceremonia. No hay otra explicación para la falsificación de la bula, toda vez que la verdadera dispensa canónica ya había sido otorgada por el nuncio y legado papal Antonio Veniero, quien dispensó el impedimento de consanguinidad “in foro conscientiae” meses antes.
Un detalle a tener en cuenta aquí sobre la espiritualidad de Isabel y que enlaza con el tema de la dispensa. La noche del 18 al 19 de octubre de 1469, una vez ratificado el acuerdo matrimonial por los príncipes, Don Fernando abandona el palacio de Juan Vivero y pernocta en una posada de Valladolid. Si se analiza el hecho en cuestión no es difícil concluir que fue la propia Isabel quien no quería que el príncipe pernoctara en la misma casa que ella la noche antes de la boda a fin de evitar cualquier tipo de habladuría posterior. Difícil es pensar que no había mas habitaciones disponibles en el palacio de Juan Vivero y más difícil es pensar que una princesa que cuida su virtud hasta ese mínimo detalle fuera a contraer matrimonio sin tener una dispensa del Papa a través de su nuncio, Antonio de Veniero. Que esa dispensa, existía de manera verbal es algo que no se puede hoy discutir.
Leída esa dispensa y unida al acta matrimonial, los príncipes manifestaron que mediante la gracia de nuestro señor estaban decididos a contraer matrimonio y requirieron a Don Pedro López a que a tal efecto celebrase la misa y los bendijese. De este modo el sacerdote, procedió primero a requerir en “altas bozes” si alguno de los asistentes conocía de impedimento alguno de consanguinidad o algún otro para la celebración del matrimonio. Lo hizo por tres veces y la mención específica al impedimento de consanguinidad refuerza el argumento anteriormente expuesto sobre la instrumentalidad material de la falsificación de la bula, pues de no haber existido la misma, las amonestaciones pronunciadas en la ceremonia bien podían haber tenido alguna respuesta. Pero Carrillo había dejado todo atado y bien atado.
No fue, además el silencio, lo que siguió a la amonestación del sacerdote, si no que como bien refleja el acta, “ todos a una boz respondieron que non sabían ympedimento alguno pues que por actoridad de la Santa Sede Apostólica estaba dispensado en dicho tercero grado de consanguinidad que es entre los dichos señores Rey e Princesa”.
A continuación, el oficiante cogió la mano derecha de ambos contrayentes, las unió y preguntando primero a Isabel si quería ser esposa y mujer de Don Fernando, rey de Sicilia y príncipe de Aragón, ésta respondió afirmativamente como no podía ser de otra manera. Lo mismo hizo con Fernando al que preguntó si quería por esposa y mujer a la princesa de los reinos de Castilla y León, Doña Isabel y si se otorgaba por su esposo y marido a lo que Fernando contestó que sí otorgaba.
Prestados los consentimientos, Don Pedro López, concluyó el desposorio, celebró la misa y concluyó la ceremonia con su bendición a los contrayentes.
Así acontecieron los hechos, y así se formalizó el matrimonio más importante de la Historia Universal, pues esta ceremonia fue, entre otras muchas, cosas la semilla de una civilización, la Hispanidad. Un proyecto inconcluso, que hoy, 533 años después vertebra, pese a quien pese, a más de 600 millones de personas en todo el mundo y que se gestó en un palacio de Valladolid un otoñal viernes de octubre.
Escrito en Alicante el 25 de Diciembre de 2025
Miguel Ángel Rodríguez Planas.
